La iniciación masónica, al igual que cualquier otra iniciación, se puede conceptuar como un proceso en el cual se conjugan varios elementos, los cuales encadenados van a llevar al peticionario de la misma por diferentes fases o etapas, las cuales no pueden ser alteradas o sustituidas por otras diferentes, ya que el mismo perdería la esencia y el sentido que debe tener en su momento dicha iniciación.
Creemos que este proceso debe comenzar a estudiarse desde el instante en que el caballero profano es introducido en el local de la logia, dejando detrás de sí las luces del mundo exterior o profano, para ir en pos de la consecución de otras luces más resplandecientes y que solo se reflejan dentro del individuo al correr de los tiempos o en aquellos que en un momento dado puedan disfrutar de las emanaciones espirituales que dejamos una vez que hemos alcanzado parcialmente lo que con tanto afán ha buscado el hombre a través de su historia: la inmortalidad del alma y al mismo tiempo a la luz de la verdad.
La iniciación masónica es verdaderamente el punto de partida o el comienzo del camino por cuyo trayecto se irán manifestando todos y cada uno de los estados de conciencia que, absorbidos finalmente en la unidad der ser, contribuirán a hacer efectiva la realización metafísica y espiritual, he aquí el por qué la iniciación debe considerarse como un proceso.
Sin embargo, ninguna realización de este orden o ningún cambio será posible sin la certeza de que todo lo tenemos que aprender de nuevo, impulsados por un deseo hacia el conocimiento que antecede o sobrepasa a cualquier reflexión mental, que es dual, deseo o pasión, que son despertados por la influencia espiritual conferida por el rito iniciático.
Se trata por lo tanto de un proceso que se da tanto en el aspecto humano como en el cósmico, estando representado como paso de la potencia del acto, del caos al orden, de las tinieblas a la luz. En el iniciado, esa recepción luminosa de la influencia espiritual se efectúa en la cámara secreta del corazón, en un lugar fuera de toda sucesión temporal, donde nadie es testigo de ello, salvo, con toda seguridad, el que ha sido, es y será por toda la eternidad y que nada tiene que ver con un pretendido ego completamente ilusorio y a la inexistencia.
En nuestra Orden, el recién iniciado recibe también el nombre de “neófito”, cuyo significado es nuevo o nacido de nuevo, o recién nacido, desde el punto de vista metafísico, todo nacimiento, en cualquier ámbito o modalidad que se produzca, lleva implícita una muerte previa y viceversa, toda muerte es propicia para un nacimiento a otro estado de existencia (o de conciencia, cuando se trata de la iniciación), siendo estas dos caras: vida o muerte; las dos únicas y la misma realidad (esta característica está demostrada en la disposición de los cuadros blancos y negros del pavimento mosaico situado en el centro de la logia).
Para el neófito, la renuncia cociente al mundo profano ritualiza su primera muerte iniciática, lo cual le permitirá vivir un proceso de transmutación regenerativa que desembocará, luego de numerosas etapas y pruebas por el laberinto, en el nacimiento espiritual que otorga la maestría.
Es por eso que la iniciación masónica, restituye la memoria de una realidad a otra, gracias a una perdida y abandono a todo aquello que no es, pero al mismo tiempo es recuperar la identidad de nuestro ser verdadero.
Se puede hablar de un antes y un después de la primera muerte iniciática, el antes, es el presentimiento o el vago recuerdo de una existencia presentida como incompleta y sin orientación, por el contrario, el después, es haber despertado, gracias a la fe, a la esperanza de una nueva vida experimentada como un mundo presto a revelar su sacralidad y misterios.
Pero el iniciado debe saber que para que dicha trasmutación empiece a dar frutos, debe descubrir en primer lugar, su piedra bruta, símbolo masónico que ejemplifica las imperfecciones inherentes a la naturaleza humana, sin este auto-descubrimiento de lo más inferior, es evidente que nada habría que trasmutar o rectificar. Si por estúpida vanidad y falso orgullo, el neófito ya se cree que todo lo sabe o realmente vive sumergido en la más profunda de las tinieblas profanas, la posibilidad salvífica de recibir la luz del conocimiento será pura y simplemente una ilusión y una quimera. Ahora bien, si por efecto de una concentración en sí mismo “ir hacia adentro” el iniciado descubre que su conciencia individual es igual o puede ser igual a la inteligencia universal, entonces la primera puerta hacia la libertad verdadera quedará abierta.
Y si bien es cierto que en su primera etapa del proceso de la iniciación, solo debe deletrear el discurso del libro del mundo, capacitado solo para saber fragmentos dispersos de lo que constituyen el mundo de un todo armónicamente numerado, pesado y medido por la sabiduría, la fuerza y la belleza del sumo arquitecto, no obstante su paciente persistencia en el estudio y la práctica de los símbolos y los ritos de tradición, le permitirá ir descubriendo el espíritu oculto tras las apariencias de este mundo signado por el cambio y el devenir.
“pedid y os darán, buscad y hallareis, llamad y se os abrirá”
Mateo Versículo 2, 7
De esta manera, la conciencia del que ha sido admitido por su propia voluntad y despojado de cualquier ambición personal, en los misterios y privilegios de la masonería, queda trasmutada por el hecho de haber recibido la iniciación masónica, siento entonces, y solamente entonces, cuando la piedra bruta comienza a trabajar en su perfeccionamiento, hasta convertirse en la piedra tallada y cúbica, que representa el fundamento sobre el cual se edificará el templo espiritual, haciendo suyas las palabras de Cristo recogidas en el evangelio de San Juan, patrón de nuestra Orden: “La verdad os hará libres”
Bibliografía:
Símbolo, Rito, Iniciación.
Siete Maestros Masones.
Ediciones Obelisco.

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