El término “Virtud” fue empleado por primera vez por Sócrates, quien afirmaba que la Virtud era el conocimiento del bien mediante el razonamiento y la filosofía, de manera que el hombre ignorante, es decir, el hombre que no conocía el bien, no actuaba por alevosía sino más bien por ignorancia.
Para Epicuro, la base de la felicidad es la obtención del placer (hedoné) y la evitación del dolor. Según este filósofo existían de tipos de placer o hedoné, el estable y el cinético. El placer estable era el que a su juicio tenía la mayor importancia, definiéndolo como la armonía que produce una ausencia de dolor, no solo corporal sino también en el alma, y se obtiene manteniendo el equilibrio entre el aspecto físico del hombre y un alma libre de vanas preocupaciones. El placer cinético estaba representado por las necesidades propias de los sentidos humanos.
Aristóteles decía que el fin último que persigue el hombre es vivir feliz, es decir, vivir en felicidad, a lo que conocían como “Eudaimonia” o plenitud de ser, ejecutando así el ejercicio virtuoso de todo aquello inherente al hombre.
Podríamos decir que para los grandes sabios y filósofos de la antigüedad, el concepto de felicidad estaba íntimamente ligado con la práctica del bien y de la virtud, anteponiendo el bienestar espiritual al bienestar físico.
Las personas que no son capaces de prescindir de los placeres o se identifican con las cosas materiales crean un lazo enfermizo, en tanto que ponen su valía personal en lo que tienen y no en lo que ellos son. La premisa que nos dejaron estos sabios es clara y precisa: cuantos menos apegos tengas, es decir, cuantas menos cosas sean imprescindibles para ti, más cerca estarás de la felicidad. El apego es la incapacidad de renunciar a determinadas cosas cuando nos hacen daño, nos quitan libertad y generan malestar emocional.
El catecismo del Aprendiz define a la Masonería como “el estudio de las Ciencias y la práctica de las Virtudes”; además en él se establece que en la Logia de San Juan, de donde viene el Aprendiz, se elevan templos a la Virtud y se cavan calabozos para los vicios. De manera que el masón ha de ser un hombre en cuyo accionar debe estar permanentemente presente la Virtud.
“El hábito de dominar nuestros instintos enaltece al alma, y una vez que se conoce el placer indefinible de vencerse a sí mismo, de privarse de un bien que se anhela para hacer feliz a un desgraciado, de defender al débil contra el poderoso y salvarle, entonces ya no hay ideal que, satisfecho, proporcione goces más puros y dilatados que este placer. Ser virtuoso es ser feliz”
Estas aseveraciones nos hacen recordar a los Masones que debemos tener una vida virtuosa, pero que además, para ser virtuosos debemos combatir al vicio, siendo este el enemigo del progreso del hombre.
Es así como el Aprendiz, antes de ser iniciado es presentado ni desnudo ni vestido, con el fin de hacernos entender que el lujo es un vicio que no engaña sino al mundo Profano y que el hombre que quiere ser virtuoso debe estar libre de preocupaciones. Además, el Aprendiz es despojado de todos los metales, para hacerle entender que estos son el símbolo de todos los vicios.
Los Masones debemos comprender la magnífica relación que existe entre la virtud y la felicidad. Y para ser virtuoso, y por lo tanto ser feliz, debemos aborrecer y alejarnos los vicios que nos esclavizan.
Los verdaderos días de fiesta son y deben ser aquellos en los que hemos vencido una tentación, o hemos arrancado, o por lo menos dominado: el orgullo, la obscenidad en el lenguaje, la envidia, la hipocresía, el egoísmo, la vanidad, en fin todos aquellos vicios que nos alejan de la virtud.
El Masón es feliz porque es virtuoso y vive alejado del vicio. El Masón ha de vivir en completa armonía con el Universo porque dentro de sí reina la virtud, el amor al progreso y a la verdad, el altruismo, la humildad, la honestidad, la generosidad, la lealtad, la fraternidad, el cumplimiento al deber, el respeto a las leyes, en fin, reina la verdadera felicidad.
Fraternalmente;
Oscar Rodríguez Arciniegas
M.·. M.·.
