La masonería está centrada en el hombre terrestre, el que nace, vive y muere aquí, en el planeta tierra y no porque seamos ateos, o no creamos en alguna forma de existencia después de la muerte, sino porque el método de trabajo masónico se corresponde con la estructura física y mental del hombre tal como le conocemos y con el desarrollo de las convivencia con otros hombres tal y como la psicología, la historia y la sociología nos han demostrado.
La iniciación persigue mejorar al hombre por dentro para que también mejore su actuación en la sociedad humana y pueda evolucionar hacia un destino armónico y soslayando factores negativos que se oponen a ello.
Con la masonería pretendemos activar los resortes personales que les abran a los hombres el mundo espiritual y a partir de allí el masón se construye a sí mismo, sin que nadie le imponga doctrina, religión, quedando en libertad de decidir lo mejor para él.
En el paradigma masónico del universo, es la obra en si lo que interesa, es decir el universo que contiene la Ley de las que derivan las leyes que lo rigen en sus diversos niveles, el hombre se haya en uno de esos niveles, siendo consecuencia y reflejo de la obra. La Causa, el Principio Generador, se manifiesta o revela en la obra y es el referente último, inaccesible, indefinible de cuanto existe.
La masonería, utiliza símbolos y mitos que evocan y provocan en cada uno de nosotros un despertar interior que se puede intentar definir personalmente usando palabras diversas (símbolos), por eso nuestro referente constante en la masonerías tradicional ha sido el GADU, como símbolo, común a todo, que identificamos como dios bíblico, Brahma.
La espiritualidad masónica es la actitud de búsqueda de lo que trasciende las apariencias, tratando de ir más allá de ellas, recorriendo el laberinto de nuestro mundo interior (microcosmo), conscientes de que el macrocosmos al que pertenecemos y que está arriba es como lo que esta abajo. A través de esa consciencia de la vinculación universal, el masón debe buscar la vinculación universal de todas las cosas, su camino hacia lo esencial.
Con frecuencia en masonería, usamos el término “moral” para referirnos al mundo espiritual, decimos que nuestra meta es el perfeccionamiento moral del hombre para la construcción del Gran Templo Humano.
Si lo que debemos hacer, constituye el objeto de la moral, podemos afirmar que el deber se erige en el centro de la espiritualidad masónica. Nuestro perfeccionamiento como hombre implica el desarrollo de lo que llamamos “virtudes” humanas, que no son sino utensilios indispensables para construir nuestra propia personalidad, representada por otros tantos instrumentos de trabajo en el simbolismo masónico (mazo, cincel, escuadra) recogiendo así la herencia instrumental de los antiguos masones constructores de templos pero, para construirnos a nosotros mismos.
Por ello los dos primeros grados masónicos nos enseñan a utilizar mazo, cincel, regla, plomada, escuadra aplicadas al trabajo sobre nosotros mismos en fraternidad antes de acceder al uso del compás, es decir a la consciencia personal de que nuestro movimiento individual se efectúa dentro de un universo interactivo en que el Amor en sus diversas manifestaciones es la sutil substancia aglutinante o argamasa de la construcción universal, desde el mundo subatómico a las galaxias.
La ética y la moral, constituyen las claves específicas del acceso a la dimensión espiritual o trascendente del universo que propone la masonería. El deber masónico no consiste en la necesidad de hallar la verdad, sino en el buscarla y en el camino y en la forma de avanzar en esa búsqueda, ya que la verdad misma es inaccesible al espíritu humano, que tan solo puede aproximarse a ella.
No basta con que el iniciado sea hombre libre y de buenas costumbres, tiene que poder opinar por sí mismo y decidir sus propios actos, sin confundir las palabras con las ideas, esforzándose por descubrir lo que realmente representa cada símbolo verbal, sin aceptar lo que no comprenda juzgue verdadero aunque respete todas las opiniones.
La obligación final del iniciado será la de amar la justicia y servirla sin desmayo y sin aspirar aquello de lo que no sea digno o esté por encima de sus posibilidades, aceptando deberes que no puede cumplir, puesto que el ideal de la masonería es el cumplimiento del deber por el deber sin esperar recompensa y llegando a ello hasta el sacrificio.
RAFAEL META G.
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Bibliografía: La Masonería.
Armando Hurtado.

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