
El masón ante una eventual crisis está obligado a evocar la profunda enseñanza dada por la Orden, cuyo mensaje le recuerda que el hombre debe resignarse a sufrir cuando le llegue el turno, y que es infeliz el que se desespera cuando tenga que agotar la copa de la paciencia; sin embargo, esa resignación no comprende un estado de conformismo ante lo sucedido, sino que como iniciado en nuestros augustos misterios, el masón acepta la situación adversa y se dedica a construir el puente que lo separará de la dificultad.
Las situaciones
adversas, las crisis, los problemas que se atraviesan en nuestro andar no
debemos verlas con el tinte pesimista religioso que le atribuye una carga
condenatoria producto de los pecados de la humanidad, es decir, un castigo de
Dios.
El Masón ha de ver estas circunstancias hostiles como parte del proceso humano evolutivo del hombre, en tanto que entidad espiritual que necesariamente debe superar las pruebas de la vida corpórea para crecer y mejorar. Corresponde al iniciado hacer uso de las herramientas y sus enseñanzas para afrontar el abismo.
Ante la adversidad, el Masón debe hacer uso de la templanza como virtud cardinal que lo enseña a estar en equilibrio en su lucha contra las pasiones y los vicios que lo esclavizan. Esta virtud la utiliza el masón en medio de la crisis para limitar sus acciones impulsivas, y actuar de manera comedida y proporcional de acuerdo con las circunstancias, practicando la calma, instruyéndose en profundidad y combatiendo la ansiedad, para ubicarse firme y seguro, centrando su accionar en el uso de la razón y la inteligencia.
Además, en tiempos de crisis el masón se ciñe a la fe y la esperanza como virtudes que lo harán confiar en el surgimiento de nuevas oportunidades. Esta fe que profesa el masón no es una fe ciega e irreflexiva que se opone a la razón, sino la fe en su propio trabajo, en sus ideales y en el compromiso que tiene con la Orden para forjar su templo interior y así ayudar en la construcción del proyecto del Gran Arquitecto del Universo. En tanto que la esperanza es resultado de la fe y surge como un motor potente impulsado por nuestra energía interior que nos mueve para hacer las cosas con la confianza de que obtendremos resultados positivos, saliendo transformados de la crisis que en su momento conspiró contra la calma.
QQ.·.HH.·. ante la actual crisis que atraviesa el mundo entero, de la cual ninguno de nosotros escapa, debemos recordar el profundo significado del simbolismo masónico que hemos aprendido en nuestro pasar por la institución, sea cual sea el grado que ostentemos, la masonería nos ha enseñado que el hombre virtuoso, el hombre íntegro, el hombre probo, honrado, ecuánime, siempre saldrá victorioso en las batallas que se le presenten, ya que por medio del trabajo constante, el amor a la sabiduría y el optimismo se alcanzan las metas propuestas.
Desde nuestro inicio en la orden, aprendimos que todo es cambio, todo evoluciona; salimos como hombres nuevos, hemos realizado viajes inesperados, hemos cambiado, hemos evolucionado internamente para el beneficio propio y de la humanidad. Pero cada cambio, cada etapa superada tiene la común impronta del trabajo interno y la voluntad de hacer las cosas bien en medio de las dificultades y la incertidumbre reinante en su momento. El masón desde sus inicios aprende a poner Orden en el Caos.
En medio de esta
crisis es que debemos demostrar que somos verdaderos masones, debemos demostrar
que un día decidimos iniciarnos en la Orden porque amamos el progreso ´para
evolucionar, y que tanto en tiempos de bonanza como en tiempos de tempestad,
seguiremos fieles a nuestra institución, ligados al amor fraternal que nos une
como eslabones fortalecidos e inseparables.
Sigamos adelante, empujados por la voluntad para recobrar la templanza, la fe y la esperanza con el fin de alcanzar la perfección moral y espiritual, disipando así las tinieblas que nos consternaban para que apareciera la luz de la transformación.
Oscar Rodríguez
M.·.M.·.

No hay comentarios:
Publicar un comentario